Nos preguntan qué nos gusta como si fuera un pedido en un restaurante, y esperan una respuesta rápida. Muchas no la tenemos, no por desinterés, sino porque nunca hubo tiempo de investigar sin público. Descubrir algo del propio cuerpo mientras alguien espera es casi imposible.
El deseo no es un talento con el que se nace. Es una práctica de atención, y la atención es lo primero que se recorta cuando hay trabajo, familia, un teléfono y una lista. No saber qué te gusta no es un defecto: es un dato sobre cuánto espacio te dejaron.
